La selección nos abraza, pero no nos puede distraer

Hay momentos en los que un país parece encontrar una pausa. Un instante donde las diferencias se diluyen y millones de argentinos vuelven a mirar en la misma dirección: hacia una camiseta nos recuerda que todavía existen símbolos capaces de unirnos.

El fútbol tiene esa fuerza. Tiene la capacidad de despertar emociones profundas, de volver a conectar con algo que nos pertenece a todos. En cada jugada, en cada canción, en cada bandera que flamea, aparece una parte de nuestra identidad.

Esta Selección no es solo un equipo, es una expresión cultural. Es el resultado de una historia construida en los potreros, en los clubes de barrio y es el reflejo de un país que, cuando encuentra un objetivo común, demuestra una energía y una pasión que sorprenden al mundo.

Debemos permitirnos disfrutarla porque necesitamos momentos de alegría, especialmente cuando la incertidumbre parece haberse instalado, pero también debemos mirar más allá… Porque mientras millones celebramos, hay una realidad atravesada por dificultades económicas, por instituciones que pierden credibilidad y por situaciones que exponen contradicciones profundas entre los discursos y los hechos.

El fútbol puede ser una expresión de nuestra cultura y un motivo genuino de celebración pero no puede convertirse en una cortina para ocultar los problemas que afectan la vida cotidiana de la gente.

Argentina tiene derecho a festejar y emocionarse. Pero también tiene derecho a debatir y a exigir respuestas porque la pasión no está peleada con la memoria ni con la responsabilidad.

Que la Selección siga dándonos motivos para creer, pero que nadie intente barrer debajo de la bandera aquello que como país todavía necesitamos mirar de frente.